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hago una hamaca con mis brazos
y te arrojo al vacío
con todo el amor del mundo
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martes 9 de febrero de 2010
lunes 1 de febrero de 2010
CAE VESTIDO
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el teléfono no suena hace mucho
el amor - se mira con potencia al espejo
la noche - boca de muerte que encanta
la soledad - un vestido preciso
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el teléfono no suena hace mucho
el amor - se mira con potencia al espejo
la noche - boca de muerte que encanta
la soledad - un vestido preciso
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lunes 25 de enero de 2010
CARTA
¿Cómo estarás? No me importa. Si quieres estar al revés, podes. Acá, en la Alcachofa Azul o donde sea, llueve sin parar, estamos llenos de sin parar. Se está perdiendo toda la cosecha por culpa de la lluvia. En Macondo nos envidian porque tenemos menos turistas este año. Todo es un olvidar constante, no te imaginas cómo ni cuánto. Ni yo me imagino, acabo de olvidarlo. Hay una plaga de tulipanes, impresionante, no sabemos a dónde meterlos o meternos.
sábado 16 de enero de 2010
martes 5 de enero de 2010
MUCHO DESPUES DE LOS DIAS
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En cuanto al mundo, cuando tú salgas, ¿en qué se habrá convertido?
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En cuanto al mundo, cuando tú salgas, ¿en qué se habrá convertido?
En todo caso, ninguna de las apariencias actuales.
(Arthur Rimbaud)
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Mi padre antes de no volver me contó una leyenda: los aztecas creían que si en una habitación entraba una mariposa y se posaba sobre la pared, la persona que vivía allí, moriría.
La conocí en septiembre, creo, cuando fui al museo de La Plata, en el pasillo de entomología número 7, estaba inclinada sobre las vitrinas con las cejas fruncidas tratando de leer todos esos nombres científicos. No era mi tipo de mujer, su falda no combinaba con la transparencia de su blusa, su pelo ligeramente peinado recaía sobre su cara, de su enorme bolso azul sobresalían las aromáticas cabecitas de jazmín que seguramente había comprado en la esquina antes de entrar al museo. Era fresca, algo desprolija, despreocupada, quizás eso me atrajo de algún modo. Me acerqué, veo que te gustan las mariposas, le dije. Ves bien, me contestó. Me llamo Pablo y soy entomólogo, continué, y tanta seguridad me preocupó un poco. Me llamo María y soy escritora, nunca pude terminar mi primera novela.
Decidimos caminar juntos por el museo. No tardó en bajar un poco el cuello de su blusa para mostrarme una mancha de nacimiento igual a una pequeña mariposa negra en pleno vuelo sobre su delgado cuello. Así era María, una mujer que no era mi tipo, no solo porque llevaba esmalte bordó en las uñas de sus pies sino porque era perfecta y hacía y deshacía todo con una intensa naturalidad, hasta las cosas que nadie quiere hacer. Por eso me enamoré de ella casi obligado, casi no queriendo, claro, por su culpa.
De alguna manera yo le resultaba interesante, me pedía que le hablara sobre las mariposas mientras ella me hacia parte de su vida, me contaba sobre sus posibles futuros libros, lo fácil que se perdía en Buenos Aires buscando personajes para sus novelas jamás terminadas, me hablaba de lo graciosos que eran sus amigos y lo trascendentales que solían ser las reuniones en su departamento de Recoleta, su pequeño mundo decorado con fotos en blanco y negro pegadas hasta en las paredes del baño, un tocadiscos que ella arrastró hacia el rincón de la cocina color coral ¿quién más podría tener un tocadiscos allí y una cocina de ese color?. La sala era pequeña, piso de madera oscura y varios sillones viejos de terciopelo color verde musgo lo decoraban, “ese color que solo se encontraba en un bosque al cual nadie podría entrar”, decía ella.
La primera vez que realmente supe que María no era mi tipo de mujer fue el domingo que conocí a sus amigos. Puso un disco de Louis Amstrong mientras movía sus caderas al compás de las embriagadoras melodías del jazz, a veces se daba vuelta y me sonreía despreocupada de cortarse un dedo mientras picaba el tomate en perfectos cubitos. Recuerdo que me quejaba por el intenso calor mientras ubicaba los platos y las copas sobre la mesa y observaba el largo de su vestido blanco que de hecho no era para nada largo sino que muy corto para mi gusto, pero así era María.
A las siete vinieron sus amigos. Patricia su amiga de la infancia, Lola una compañera con la cual había cursado no sé qué materia de Filosofía y Julián su mejor amigo que la llamaba siete veces a la semana para contarle no sé qué cosas. Dejaron las botellas de vino en la cocina y nos ubicamos en la mesa, me senté al lado de María, del otro lado se sentó rápidamente Julián y enfrente las dos chicas juntas como si fueran siamesas. Inmediatamente comenzaron las risas, las charlas, viejas historias, que aquel día en la universidad, que el viaje tal, que el amante de la directora, que el trabajo actual del fulano. Un vino abierto, luego otro, humo de cigarrillo en mi cara, el escote del vestido de María se agrandaba cada vez más, la mano de Julián se posaba sobre el suave hombro de ella, y él me miraba, me miraba como los que miran cuando tienen algo que los demás no pueden.
Luego un nuevo disco de música en francés, Julián, el carismático se paraba y hacía mímica de alguna anécdota como si nosotros fuéramos sordos necesitados de sus gestos. Luego a bailar, María me tiraba de la mano y claro que yo no haría el papel de ridículo en frente de todos, me negué. Ella me sonrió, porque ella hace eso, siempre sonríe, y se fue a bailar al lado de Julián. Sus cuerpos no se tocaban, fluían con la música, si, ya conocían cada movimiento. El vestido de María se balanceaba y sus pies y su cadera. El escote de su vestido se agrandaba cada vez más destacando a la pequeña mariposa del cuello. Y yo los miraba desde el fondo del sillón verde musgo, los miraba como mira el que pierde algo.
María tenía la mirada escondida en el humo, él bailaba y sudaba, ella sujetaba la botella de vino tinto que resaltaban el espantoso rojo de sus uñas que confirmaban una vez más que no era mi tipo de mujer.
Recuerdo que quise recordar poco al día siguiente. Fui al laboratorio a buscar unos resultados, algunos apuntes de una investigación y ella me acompañó. No quería demostrarle cuan molesto estaba por lo ocurrido la noche anterior, y más porque ella estaba relajada jugando con la brisa que le despeinaba el cabello, me hablaba sobre lo mucho que se río ayer y lo rico que estuvo el vino. Creo que no aguanté y le grité, creo. Creo que aumenté la velocidad y ella se asustó. Creo. Porque mientras ella se divertía y seguía con su vida, yo dejaba viajes y retrasaba mis investigaciones para estar con ella, pero claro, para qué explicarle todo esto si era María, la que jamás sería mi tipo de mujer, la que luego me susurraría al oído está bien Pablo, tranquilo, ya pasó, ya pasó.
Pasaban los días pero ella no sabía de relojes ni de calendarios, salía a cualquier hora sin avisar tan solo para buscar historias que encajar en sus estúpidas novelas que justo ahora desenterró para terminar. Pasaba la mitad del día viajando en subte, mirando fijamente los ojos de extraños como rescatando algo, como buscando algo. Luego volvía a su pequeño departamento, se sentaba en frente mío y comenzaba a recortar mariposas de papel sucio y viejo, y me pedía que le contara nuevamente la leyenda que me había dejado mi padre antes de marcharse.
Domingo, el mismo ritual con los mismos amigos, con el mismo movimiento de caderas que hacía María cuando bailaba su triste jazz, con su cuello destapado, sus brillosas piernas y con Julián siempre a su lado. Y yo del otro lado mirándolos, emborrachándome con un vino que no me gustaba, que nunca podría ser mi tipo de vino. Ese domingo rompí una botella contra la mesa, luego un grito, luego muchas manos, un desmayo o una caída. Me desperté con los ojos enrojecidos en el piso de mi casa. Salí aun mareado a buscarla. Toqué el timbre hasta el cansancio, no abría, llamé al portero, le hablé de ella, de mí, de su departamento color coral, de los sillones de ya no importa qué color. Pero qué podría entender él, no sabía de María de ninguna María, solo me acompañó hasta su puerta y con una de tantas llaves, la abrió. No había nada ni nadie, ni los sillones ni las fotografías ni el tocadiscos, ni olores de un ayer.
Su habitación, la cama desecha, sábanas blancas arrugadas como yo, almohadones caídos, la puerta del ropero entreabierto chillaba, la abrí completamente y un almanaque viejo cayó suave y se deshizo cubriendo todo el piso con miles de sucias mariposas de papel.
lunes 4 de enero de 2010
Y no
.Мне нравится, что вы больны не мной,.
Мне нравится, что я больна не вами,
Марина Цветаева
Мне нравится, что я больна не вами,
Марина Цветаева
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Amor
alguien te espera en la casa
cuando decidís llegar tarde y decir
hay que construir el doble
por cada pensamiento destructivo.
-Amor a veces -
regresas
en cuerpo vacío
corrompes siglos de mi silencio
y nos acostamos en la cama
-quiero romper con toda idea del amor-
Así comienzo a participar del diálogo que ya conozco
-porque el amor no está allí, y si lo está, vive lastimado-
De todos modos, acepto jugar
-no digas que el amor termina y no-
Durante el juego lo que ya conocía se modifica
-que el silencio sea prueba de lo que somos-
Amor
alguien te espera
en la casa
cuándo
decidís llegar tarde
y decir
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jueves 31 de diciembre de 2009
EL FONDO DE LA PISCINA
A veces me pregunto porqué mi hermano tiene siluetas negras en sus ojos. Yo se que el no las quiere, que están allí como huellas dactiloscópicas que uno no elige. A veces quisiera ser más grande que él, protegerlo como a un niño, lavarle esos ojos.
Durante mi infancia, la muerte intentó alcanzarme tres veces, y fue él quien me salvó en todas las oportunidades. En una de ellas, hacía mucho calor y yo jugaba cerca de la piscina, de repente toqué su fondo con mi cuerpo. Todo era azul y simple, deseé ser pez para ver así el mundo siempre, una película sobre mi vida pasó delante de mis ojos sin que lo deseara, como una memoria externa y obligatoria. Luego las manos de mi hermano, el aire, su risa. Si, el se reía y yo me había muerto, que ironía.
Ahora me siento algo culpable, porque nunca pude salvar a mi hermano, lo mismo me pasa con mi madre, con mi padre, con mis amigos. Quizás los que nacen para salvar no pueden ser salvados.
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