Los arados primaverales quiebran
la nudosa piel de la tierra,
para que las ventiscas en otoño
cubran con nieve los espacios desiertos.
El trigo enrojece con picardía,
azulea el lino joven...
De nuevo todo es blanco y silencioso,
sólo los lobos pasan, como en un sueño.
Un rumor suave conmueve los campos,
los aplasta en el combate malicioso...
Y de nuevo Mikula silenciosamente
con el surco les corta el pecho.
Los ancestros atentos
vigilan la labor de sus hijos,
inclinándose como sauces desde el monte,
levantándose como niebla de los prados.
Y hacia adelante por el inevitable sendero,
a través de los años, los disturbios y los desastres,
se arrastra, severo y aplicado,
el trabajo legado por los siglos.
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